Zinc: del oro arquitectónico al chiste de marketing

El zinc ha sido durante décadas un material noble, digno de coronar edificios que aspiraban a la eternidad. Aun hoy sobreviven cubiertas centenarias, recordándonos  que cuando se trabaja con conocimiento y respeto, el zinc es casi inmortal. Los viejos artesanos lo sabían: chapas cortas, juntas con holgura, fijaciones libres y, por supuesto, jamás permitir que el zinc se tocase con hierro, cobre o plomo. Todo se hacía con precisión quirúrgica sobre soportes de madera noble o yeso con capa intermedia de cartón embreado. Era un sistema artesanal, eficiente y, francamente, elegante. Hoy, esas cubiertas centenarias parecen reírse de nosotros, mientras los edificios modernos sufren el síndrome del zinc traicionado: oxidaciones, deformaciones y filtraciones de antología.

 La era del milagro de catalogo

Hace unos 35 anos, el marketing entro en escena con la sutileza de un elefante en una cristalería. El zinc se vendió como “el metal que todo lo puede”, capaz de cubrir cualquier superficie, por retorcida que fuera. Y claro, todos caímos: arquitectos, promotores y facultativos se dejaron convencer por el cuento del superhéroe plateado. Mano de obra cualificada? Décadas de experiencia? No hacía falta: bastaban dos días de cursillo exprés y un par de maquinas milagrosas. Los fabricantes vendían todo: chapas, herramientas, accesorios y hasta aire acondicionado entre chapa y soporte, con su lamina separadora milagrosa. Todo un sistema pensado para que cualquier ignorante se sintiera zinquero profesional. El resultado fue previsible: un mercado sectario, con beneficios colosales y cubiertas condenadas desde el primer día. Pero, oye, las hojas de pedido se firmaban felices.

 Catástrofe programada

Hoy los datos son claros: prácticamente el 100% de las cubiertas instaladas con estos sistemas están dando problemas. Y no problemas simpáticos: hablamos de corrosiones galvánicas, condensaciones internas, chapas alabeadas como acordeones y filtraciones eternas. En resumen: edificios que nacen ruinas, estrenando la primera década con un funeral técnico. Todo esto bendecido por manuales de instalación que parecen redactados por un publicista con delirios de grandeza: mucho brillo, cero eficacia. Chapas larguísimas, soportes incompatibles, laminas separadoras que convierten la humedad en piscina olímpica. Pero todo muy bonito en la foto del catalogo, por supuesto.

 Teatro judicial y silencio cómplices

Cuando los pleitos llegan a los tribunales, se abre el circo: fabricantes culpan a instaladores, instaladores culpan a fabricantes, distribuidores desaparecen como fantasmas y los propietarios observan la ruina con cara de incredulidad. Mientras tanto, el zinc, siempre inocente, paga el pato. Yo mismo he visto peritos subirse a una cubierta sin conocer el coeficiente de dilatación del zinc. Si, en juicio. Dictaminando sobre algo de lo que no saben lo más elemental. Eso no es pericia: es comedia de improvisación profesional. Los fabricantes, claro, destinan más presupuesto a marketing que a ensayos de durabilidad. Y los facultativos miran hacia otro lado: “nos dejamos asesorar por el fabricante”. Traducido: “no tengo ni idea, pero el comercial me dijo que iba bien”.

El remate grotesco

Y aquí llega la joya de la ironía: muchas cubiertas arruinadas se rehacen… con el mismo zinc. Pero -oh, sorpresa!- esta vez prescindiendo de los sistemas modernos que las condenaron, regresando a los métodos ancestrales que funcionaron durante más de un siglo. Y, claro, funciona. Quien lo hubiera dicho! Es como descubrir que el agua moja: todos lo sabíamos, pero parecía que necesitábamos un desastre nacional para recordarlo.

Conclusión: entre el sarcasmo y la evidencia

El zinc sigue siendo noble, generoso y duradero. Lo que falla no es el material, sino nuestra obsesión por reinventar lo obvio con marketing y cursos exprés. Como perito forense, lo digo con todas las letras: el zinc funciona cuando se respeta. Cuando se traiciona su naturaleza, se convierte en espectáculo tragicómico. El colmo final es que seguimos repitiendo errores, pero con un brillo nuevo en el catalogo y la promesa de “material que todo lo puede”. Repetir lo mismo esperando un resultado distinto no es innovación: es estafa técnica. Y un chiste muy caro.

Manuel Álvarez